Hay un universo en el norte de Tel Aviv. Es un universo de lujo, de hoteles cuyos recepcionistas visten de librea, de vestíbulos con tiendas cuyas vidrieras refulgen de oro y brillantes. Tiendas con pocos vendedores y menos clientes, pero con muchas cifras en los precios de sus mercancías.

A pocos metros de esos hoteles hay otro universo. No es de miseria, pero tampoco grita lujo. No es secreto, pero jamás lo encontrará la mirada superficial de la mayoría.
Es un universo que en el pasado fue habitado por brujas legendarias. De aquellas hechiceras nos quedan hoy, sólo recuerdos. Recuerdos poderosos que atraviesan el alma.

Dos de ellas llevaban por nombre, Lea y Raquel. A diferencia de las Madres Bíblicas no engendraron tribus ni linajes. Su presencia en la eternidad está cimentada no en vástagos, sino en cuentos y poesías.
Lea pintó una casa de azul, y azul ha quedado hasta nuestros días. La otra es tan famosa que no hace falta ni siquiera mencionar su apellido, basta con nombrarla: Raquel, la poetisa.

Muchas otras brujas allí vivieron, y la magia dura y perdura. Una de ellas no solo fue poetisa, sino también hija de poetas, de un padre que es sinónimo de arte y maestría. Dio su alma a todos, pero eso a nadie asombra. En su mismo nombre estaba escrito su sino: Natan. El que otorga.

En la calle donde un día vivió (y murió en confusas circunstancias) la hija de Natan hay dos edificios. Uno antiguo y hermoso. Otro moderno y bello.
El balcón del segundo piso del edificio más moderno está dominado por un enorme ventanal, y detrás del ventanal, se ve una biblioteca no menos imponente. Justo enfrente de la ventana, la noche siguiente a un eclipse total de Luna, a las nueve de la noche, veremos una única estrella.
Para conjurar el poder de las brujas antiguas hay que tocarse entonces con el índice en el centro de la frente, y unirlo en una recta imaginaria con esa única estrella. Después hay que simplemente recorrer ese camino, más allá de la estrella, hasta el confín del Universo.
Hay allí una Galaxia con cientos de miles de estrellas. Es una Galaxia casi exactamente igual a la nuestra. Es que el Creador adora la simetría.
Una de las estrellas de esa galaxia es amarilla, y está casi en su periferia.
Los habitantes de su tercer planeta la llaman Sol y no tienen, ni piel verde, ni alas. Tienen manos de cinco dedos y mente afiebrada.

En ese planeta que también llaman Tierra, hubo quizá un Moisés, un Jesús y un Mahoma. Su siglo veintiuno está poblado de ciudades con cúpulas de vidrio y acero, y  colonias en Marte y la Luna.
De naves interesterales y distancias sin fin.

Su historia ya está escrita. Fue registrada con exactitud profética en volúmenes de color azul en la biblioteca de Tel Aviv, la Tel Aviv de nuestra Tierra. Es la historia de un Imperio Galáctico fundado por humanos y robots positrónicos. Un imperio que durará miles de años, y se desintegrará para dar nacimiento a otro más grande todavía.

Esa historia fue eternizada por un brujo de pelo blanco y de nombre Isaac. El supo, adivinó o creó la historia de esa otra galaxia remota. Pero todo eso ocurrirá en el futuro.
Ahora es para ellos, como para nosotros, el año 2012. Su destino ya está escrito por el brujo guionista, pero a ellos les toca actuarlo e interpretarlo.

En una fábrica de ese otro mundo, rodeada de robots que son como los hijos que jamás tuvo, otra hechicera de nombre Susan Calvin me mira y se borran los tiempos y las distancias.
Ella me mira y de alguna manera, ya sabe que al alcance de mi mano están los libros que relatan, que predicen veinte mil años de la historia de su mundo.

Con mano firme saca un cuaderno nuevo de un estante y sin dudarlo, comienza a escribir una historia.
La historia de un planeta lejano, que también se llama Tierra. Un planeta que en pleno siglo XXI sigue enclaustrado y hacinado. Un planeta sin cúpulas de vidrio, ni colonias en otros planetas, ni naves interestelares.
Un planeta con computadoras en cada rincón y redes informáticas que a todas partes llegan.

Susan tiene mucho trabajo por delante. Son miles de años que contar de la historia de ese otro mundo.
El Creador estará sonriendo. La simetría está completa.

Susan ya ni me mira, sólo tiene ojos para su cuaderno y para el guión que está escribiendo a ritmo frenético.
A nosotros… nos toca actuarlo e interpretarlo.

Claudio Avi Chami

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