Todos los jueves me ponen en la casilla de correo dos diarios locales.

Hay uno más, pero no siempre aparece. Es el más modestito de los tres, en realidad es un pasquín.
Se llama “3 plus”, no tengo ni idea por qué. Supongo que porque supera las tres hojas. Pero no por mucho.

Pasquín y todo, yo le tengo cariño. A través de ese diario encontramos nuestro departamento, donde crecieron los chicos. Pero eso ya es otra historia.

Hoy a la mañana me lo llevé para tener algo para leer a las escapadas, en los semáforos o en los embotellamientos. En la sección de avisos, entre astrólogos, Tarot, brujas que te leen el futuro en la borra del café, y otros personajes de ese estilo, me llamó la atención un avisito que simplemente decía:

“Contesto su pregunta”. Y un número de teléfono celular.

No sé por qué, pero llamé. Tomé turno y aquí estoy ahora, en un edificio viejo pero limpio, lleno de oficinas con puertas de vidrio mate, despachos de abogados y agentes de seguros.

La oficina de Gaby es como todas, no hay luces esotéricas ni posters alusivos. Podría ser una inmobiliaria.

Gaby me tiende la mano, y se me van las sospechas. Es una mano firme y seca, pero que no parece la de un tipo sentado detrás de un escritorio. Más bien, de un carpintero. Incluyendo un par de dedos mochos. Eso sí, no me gustó que me llamara por mi nombre, antes que se lo diga. Seguro que lo averiguó a través de mi número de celular. Es un truco barato que a mí no me convenció.

Le pregunto por la tarifa, y me señala a las alcancías, en un estante al costado. Abro la billetera pero no tengo muchas monedas.
Con una sonrisa Gaby me dice: “Hay que tener siempre monedas preparadas, tzedaka tatzil mimavet*” (*en hebreo = la beneficencia nos salva de la muerte). Me lo dijo en un tono amable, pero yo me sentí en falta como un pibe que lo pescaron in fraganti, casi sentí que se me abría el piso debajo de la silla.

Pero fue sólo un momento. Gaby me dijo, muy despacio, que no me asustara. Me explicó que tenía un poder que le permite visualizar los lazos sentimentales entre las personas. Yo busqué por toda la oficina si había alguna cámara oculta. Si había, no la encontré. Tomé un sorbo de agua.

Sin decir nada, Gaby me agarró las manos. Y enseguida lo ví. Un lazo, un cordón, que salía de él y lo enlazaba con su esposa, a sólo dos cuadras del local. Y después vi otro lazo, y otro más. Un hijo, un amigo, la madre.

No me gustó nada. Me habrá drogado? Miré el vaso de vuelta, pero parecía agua común. El gusto tampoco era raro.

Para calmarme le pregunté si era argentino. Gabriel no es un nombre que se use mucho en Israel en estos días. No me contestó. Solamente hizo un gesto, y pareció como si pasáramos por el techo. Otra oficina, otra más, una azotea mugrienta…

Miré alrededor y los ví. Cada persona era un círculo de luz, cada uno con sus lazos. Algunos tenían muy pocos. Otros, tantos que parecían el centro de un ovillo. Entre los círculos se movía la luz. Algunos daban, otros recibían. La mayoría de los enlaces tenían flujo en los dos sentidos.

Nos seguimos elevando, y vi los lazos a cientos, a miles, a millones. Podía ver todos y cada uno de ellos.
Algunos eran limpias cintas de plata que cruzaban medio mundo. Algunos, a pesar de ser muy cortos, apenas si se veían.

De plata, dije? Sí!. De plata, y de todos los colores. Blanco, de un blanco más blanco que la nieve recién caída. Había verdes hermosos como plantas verdes, y verdes asquerosos como mocos. Había algunos muy cortitos de un rojo muy fuerte. Un rojo cada vez más intenso, hasta llegar a una explosión de colores.
Me dio vergüenza mirarlos, pero la sonrisa de Gaby me tranquilizó.

Vi también un grupo, cerrado como una red de pescador. En el centro, un círculo amarillo. Y alrededor, seis hijos, diecisiete nietos y hasta un bisnieto. El círculo en el centro les daba luz a todos en la red, pero nunca se vaciaba.
Gaby me miró y me preguntó: “Te hubiera gustado tener una abuela así, no?”. Otra vez sentí que me agarraban in fraganti. Pero Gaby nunca se enojaba. Simplemente me dijo: “Quizá tu abuela también quería, pero no pudo, o no la dejaron?”

No le pude contestar. Porque en ese momento vi que había también círculos negros. Algunos terribles, negros insidiosos conectados a uno o más círculos  blancos, chupándoles su luz sin parar. Mientras nos elevábamos, vi que había algunos que con su oscuridad, atacaban regiones enteras del planeta.
Eran el centro de inmundas amebas grisáceas. Y donde las amebas tocaban, el blanco se hacía gris y los lazos se cortaban.

Pero eran pocos, y aún debajo de las amebas, los lazos blancos se multiplicaban. A esta altura, era un espectáculo indescriptible. Lazos que nacían, que crecían, que morían. De repente los círculos negros perdieron toda importancia.
Los lazos se movían como un ser vivo más. Y por un momento pude ver que escribían todos los secretos del universo en todos los idiomas conocidos.

Pero era hora de volver. Mi teléfono celular estaba sonando, y del otro lado, mi esposa me preguntaba sí me había olvidado de que hoy los chicos duermen afuera y tenemos la casa para nosotros solos.
Le mentí. Por supuesto que no me olvidé, le dije. Y te compré un regalito. Me di vuelta, y en un solo movimiento agarré uno de los ramos de rosas que había en el estante a mis espaldas, y que hasta ese momento no había visto. Casi podría asegurar que no estaban cuando entré.
A pesar de las protestas de Gaby, le dejé un billete de cien shekel y metí otro a la fuerza en la alcancía.

Me miré el pecho y vi que aunque estaba a más de veinte cuadras de mi casa, el lazo con mi esposa era de un color rojo profundo.
“Voy volando”, le dije.
Y corté.

Claudio Avi Chami

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