Amor imposible

Publicado: enero 14, 2012 en Cuentos, Cuentos varios y delirios diversos
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Marcela es la mina más hermosa del club. Es linda de cara, y tiene un cuerpo que rompe el asfalto. Como si eso fuera poco, es inteligente y simpática.
Pero para mí, es casi como una hermana. Prácticamente nos criamos juntos, nuestras madres son compinches desde siempre, y así recorrimos juntos el camino desde los baberos y chupetes hasta el día de hoy, en que todos los muchachos se ponen baberos cuando ella pasa cerca.

Debe ser uno de los pocos casos de amistad real entre un hombre y una mujer. Más increíble aún, tomando en cuenta los datos de la mujer en cuestión.
En el club, no me lo cree nadie. Ya renuncié a decir que no pasa nada entre nosotros, porque invariablemente recibo codazos compinches y más pedidos para que cuente detalles…

La guacha de Marcela lo sabe y constantemente echa leña a la máquina de rumores. Me acaricia el pelito delante de todos, o me espera cuando ya todos se van de algún baile, y con la postura más provocativa me pregunta, “me llevás a casaaaa?”

Lo bueno de todo esto es que ya me enganché unas cuantas de las minas más reventadas del club, no tanto por mí, sino porque las excita sobremanera pensar que le están metiendo los cuernos a Marcelita.

Todo cambió cuando apareció Enriqueta. Feúcha no sólo en el nombre, tímida, apocada. Marcela al principio la agarró para la joda, pero rápidamente, por esos caminos misteriosos que tiene el Señor, se hicieron grandes amigas.
Muchas veces salimos juntos los tres, y yo empecé a valorar la sencillez, la inteligencia, la bondad infinita de Enriqueta. Me enamoré, como un tarado, de la feúcha.

Y mientras las reventadas hacían cola en la puerta de mi casa, y yo no les daba bola, Enriqueta no me pasaba ni cinco de bola a mí.
Obviamente se lo comenté a Marcela, y un día ella consiguió lo imposible, que salgamos a comer solos Enriqueta y yo.

Era mi oportunidad, y no pensaba desperdiciarla. Debe haber sido la cena romántica más perfecta de la historia. Un poco con la complicidad de Marcela, y otro mucho sin que se dé cuenta, construí una historia tal que hiciera de mí, el alma gemela de Enriqueta.

Así fue que coincidimos los dos en que amamos los perros y odiamos los gatos.
Los dos teníamos un amigo que murió una muerte trágica en nuestra más tierna infancia.
Padres separados.
Los dos hinchas fanáticos de Queen, desde la época en que nadie todavía los conocía (bueno, ésta no me la tuve que inventar, era la pura verdad).
Y así.
Fuera de nuestras coincidencias, el tema de conversación principal recurrente fue por supuesto, Marcela, nuestra amiga en común.

Enriqueta había tomado un poquito. Eso ayudó a que se suelte más.
– Sabés, esta cena que tuvimos juntos, todas las coincidencias entre nosotros… me sirvió para ordenar mis pensamientos… y mis sentimientos. Lo que pasa es que no me animo, yo soy así, feíta… quién se va a fijar en mí?
No me dejó que la contradiga.
– No, esperá José, dejame hablar. Lo tengo que decir hoy, animarme, es hoy o nunca…

Me miró a los ojos y se sonrojó. No se animaba.
Yo estaba agarrado de la mesa como si fuera un náufrago aferrando su tabla de salvación, los nudillos blancos, a punto de ahogarme de felicidad.

Me miró, tragó saliva, y por fin me lo dijo.
– Es así, es inútil tratar de ocultarlo…
– …
– …
– … estoy perdidamente enamorada de Marcela.

Claudio Avi Chami

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