Tres mujeres

Publicado: enero 20, 2012 en Cuentos, Cuentos varios y delirios diversos
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Me llamo Matías. Mi esposa se llama Lara, y tenemos tres hijas.
Trillizas.
Son la sensación del barrio. Hermosísimas, lo dicen todos, no sólo yo, que soy el padre. Son muy parecidas, en todo, salvo en el color del pelo y de los ojos.

Nunca tuve un apodo. Pero el almacenero, que está enamorado de mis nenas y les regala huevitos Kinder un día sí y el otro también, las bautizó: “Los ángeles de Charlie”. Y yo, que soy petiso y gordito… pasé a ser Charlie.

Mis padres ya murieron, sin que alcanzara a preguntarles las cuestiones más importantes. Dicen mis vecinos que éramos una familia muy numerosa, pero… perdimos el contacto. Son esas cosas que pasan en las mejores familias.

Así es que me ha costado bastante encontrar a Zulma, al parecer, la única tía abuela que me queda. Pero al fin lo logré. Ahora estoy sentado frente a ella, y ésta es la historia que me contó.

“Sara nació en un país lejano. Un país de estepas enormes e inviernos como aquí jamás hemos visto. Mi madre, Sara, vino a este país con la promesa de un esposo y un trabajo. El novio no apareció por ningún lado, y no le costó mucho darse cuenta qué clase de trabajo era el que le ofrecían.
Pero Sara había sobrevivido no pocas incursiones de cosacos, y no iba a ser ella la que fuera retenida por las paredes de un piringundín de Pichincha. Más pronto que tarde se escapó. Sin idioma y sin dinero, sobrevivió. Sabía que su cabello amarillo, casi blanco, sería como un cartel señalando su ubicación a los que la perseguían.

Por eso usó toda su vida un pañuelo blanco en la cabeza. Para ella se convirtió en una tradición tan fuerte como las velas de los viernes a la noche.

Tuvo suerte, reconstruyó su vida con un obrero que le dio poco pan, muchos hijos e incluso más felicidad. Después del segundo varón, Sara concibió a Cristina. Sara tenía, aunque no quisiera reconocerlo, debilidad por sus hijas. Estoy segura de ello.

Cristina tenía cabello y ojos negros como el padre. Desde muy chica fue bellísima. Cuando Cristina tenía nueve años, y después de otros dos varones, nací yo, que fui la última. Así como me vé hoy, en ese entonces tenía cabello colorado como el fuego, y ojos verdes. Desde que yo era muy chica mi mamá se reía viendo cómo los tenía a todos mis hermanos mayores a raya. Todo el que se ha enfrentado a mí… no le ha alcanzado su vida para terminar de lamentarlo.

Cuando Cristina tenía 16, se apareció con un agente, o algo así. Le vino a proponer a mamá que trabajara posando para las revistas.

Mi mamá me contó, años más tarde, que fue ver a ese agente y recordar cosacos, caballos y fuego. Lo sacó de casa a patadas.

Después de un año, Cristina se escapó. Al cosaco se lo sacó de encima bien pronto, tuvo éxito en todo el país y hasta en el extranjero. Vivía en un departamento grande, lindo y caro en la costanera, que yo visité un par de veces. A casa jamás volvió.”

Zulma no podía entender la mansedumbre de la generación de sus padres ante los atropellos de la patronal. Cuando salió del nido para independizarse, su pelo rojo fue una bandera al frente de las luchas sindicales. Entre combate y combate, a veces encontraba un momento para visitar la vieja casita de Sara.

A Zulma, que no creía en nada, Sara todos los años le repetía:
“El Señor es un juez celoso y estricto, pero justo. Y además misericordioso. Después del Juicio y el Perdón, nos envía tres señales para que sepamos que regresa la primavera, la renovación del contrato de la vida: los árboles en flor, el sol que calienta y no quema, y las bandadas de golondrinas”.

Ahora estamos frente a la vieja casa de la familia. Alberdi ya no es una ciudad separada, es un barrio más de esta Rosario grande y mía.

Zulma saca la vieja llave oxidada y entramos. Saltamos por arriba del polvo y las telarañas, de un estante alto sacamos una caja que alguna vez habrá sido blanca. Hay álbumes de fotos.

Zulma busca y encuentra. Una foto de tres mujeres. Sara con mirada tranquila y gruesos anteojos, abrazando a la adolescente más hermosa que he visto en mi vida, con pelo negro y mirada distante. Sentada sobre las dos, una niña de pelo rojo, mira a la cámara desafiante.

“Lo miro a Matías y salimos. Afuera están las trillizas peleándose, así que me agacho y le doy a cada una un caramelo. Ayer llovió mucho, y han quedado muchos charcos todavía.

Me enderezo despacio y miro el cielo. Pasan las golondrinas. El sol, calienta y no quema. Pero los árboles siguen desnudos.

Me preocupa un poco. ¿Habremos sido perdonados? Mamá, ¡me falta una señal!

Me palpo la foto en el bolsillo, y por fin me doy cuenta.

Hoy no me duelen los huesos.”

Claudio Avi Chami

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