Mars

El dios Marte sonrió, satisfecho consigo mismo. Ya había perdido la cuenta de la cantidad de veces que había pilotado su avión, modelo F-4E Phantom, pero cada vez que lo hacía, sentía la emoción de la primera vez. En el exterior, en un costado de la cabina, figuraba el nombre de su avión en grandes letras rojas, “Rage of Mars”(*), acompañado de decenas de símbolos, uno por cada avión que había derribado y por cada misión de bombardeo que había realizado con éxito. El rugido de las turbinas gemelas del Phantom sonaban como el eco de su terrorífica carcajada divina.

Estaba eufórico, pero un rincón de su cerebro no le dejaba olvidar que los malditos políticos estaban negociando para finalizar la guerra, y con ella se acabaría la diversión. Pero antes que la guerra de Vietnam terminara, sin importar su resultado, se había prometido que borraría de la faz de la Tierra a esa perra de Penthesilea, junto con un buen número de sus amiguitas amazonas. Cuántas más, mejor.

Le habían asignado la misión de escoltar a los bombarderos pesados B-52 en el marco de la ofensiva Linebacker II. Marte se concentró en proteger a los bombarderos de la débil amenaza que unos pocos interceptores Mig podían presentar a las fuerzas atacantes estadounidenses. Su misión personal, eliminar a Penthesilea, la concretaría al final del día.

Disfrutaba enormemente de su puesto de observación privilegiado. Los bombarderos B-52 descargaban interminables hileras de bombas, y debajo de ellos, la ciudad de Hanoi desaparecía bajo una cortina de fuego y humo. Pero Marte no se dedicó solamente a observar el dantesco bombardeo, aprovechó también el vuelo de ida para confirmar los informes que le había conseguido Inteligencia. Para los oficiales encargados de la investigación, Marte estaba interesado en un cuerpo de pilotos de élite del Viet Cong. Pero eso era sólo parte de la verdad. Seguramente más de un soldado se habría atragantado con su café si hubiera sabido que los pilotos de ese grupo eran en realidad mujeres. Amazonas, guerreras del grupo de Penthesilea. Marte no entendía como su antigua aliada durante la guerra de Troya, que había sido muerta por Aquiles, había regresado a la Tierra como su enemiga. Pero era ella, no le cabía la menor duda.

Pensó también que había otras razones por las cuales los oficiales de Inteligencia podrían atragantarse con su café. Si averiguaran, por ejemplo, quién era él. Pero Marte ya había aprendido que en ese año de 1972, un dios no podía manifestarse a los hombres como lo hiciera en la antigua Grecia. Su verdadera identidad era secreta absolutamente para todos.

La misión oficial había terminado y ya Marte sobrevolaba el campamento de Penthesilea. Pudo reconocer con facilidad la enorme carpa central, y las doce carpas menores a su alrededor. Vió a las odiadas guerreras enemigas sentadas alrededor de una fogata. Ni se molestaron en levantar la mirada para observar a su avión. Lástima, hubiera querido saborear ese último momento de triunfo, capturar la mirada postrera de terror de la amazona. Roció el campamento con napalm, y luego efectuó un amplio giro para confirmar los daños.

Marte cayó en la cuenta de que se trataba de una trampa cuando ya era demasiado tarde. En el momento en que comprendió que en el campamento había solo muñecas, tiró de la palanca hacia atrás con rabia para escapar. Pero tres Mig 21, pilotados por las amazonas, ya estaban en su cola. Abrieron fuego y las alas del Phantom prácticamente se desintegraron bajo las balas de los cañones. El Phantom se convirtió en una bola de fuego que cayó al mar a varios kilómetros de la costa. Marte estaba inconsciente y atrapado en su interior, mientras el tubo informe en que se había convertido el otrora orgulloso avión caza-bombardero, se hundía más y más bajo las aguas del Golfo de Tonkin.

Siendo un dios, Marte no podía morir. Pero estar atrapado en un tubo de acero chamuscado, respirando agua, tampoco se puede decir que fuera una gran vida. Marte perdió la noción del tiempo. De vez en cuando se despertaba, aplicaba una patada o puñetazo a la cabina, y se volvía a desmayar. Pasaron los meses y el único mecanismo que funcionaba en el cerebro del dios era la voluntad de salir de su ataúd de acero. Finalmente lo logró, pero para cuando salió a la superficie del mar, vomitando agua salada y sangre, Marte estaba completamente loco. Como si eso fuera poco, en algún momento del accidente perdió su jarra de ambrosía. Marte seguiría siendo inmortal, pero envejecería.

Resultaría ocioso relatar como regresó Marte a los Estados Unidos. Lo cierto es que regresó. Como era un veterano y héroe de la guerra de Vietnam, se ocuparon de él… durante un cierto tiempo. Luego la burocracia se desembarazó de su persona como de la de tantos otros combatientes locos que son sólo un trastorno en tiempos de paz.

Marte arribó finalmente a Nueva York. Hoy es una piltrafa encorvada, envejecida y consumida por los años, el alcohol de mala calidad y la locura. De vez en cuando un rincón de su cerebro se despierta y ruega a Júpiter que lo libere de la humillación de sobrevivir a base de mendrugos, y de cubrir su cuerpo quebrado con sucios trapos viejos, con fuerte olor a orina.

(*) “Las iras de Marte”

Claudio Avi Chami

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