Los grandes descubrimientos perdidos II: La invulnerabilidad

Publicado: agosto 26, 2013 en Ciencia ficción, Cuentos, Cuentos de ciencia ficción y fantasía
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El segundo gran descubrimiento perdido fue el secreto de la invulnerabilidad. Fue descubierto en 1952 por un oficial de radar de la Marina de los Estados Unidos de América, el teniente Paul Hickendorf. El aparato era electrónico y consistía en una pequeña caja que podía llevarse incluso en el bolsillo; cuando se accionaba cierto dispositivo de la caja, la persona que la llevaba se veía rodeada de un campo de fuerza cuyo poder, en función de lo que podía medirse mediante las excelentes matemáticas de Hickendorf, era virtualmente infinito.

El campo también resultaba completamente impermeable a cualquier grado de calor y a cualquier cantidad de radiación.
El teniente Hickendorf llegó a la conclusión de que cualquier hombre – mujer, niño o perro – encerrado en dicho campo de fuerza, podría resistir la explosión de una bomba de hidrógeno a bocajarro, sin resultar afectado en modo alguno.
No se hacían explotar bombas de hidrógeno en aquellas fechas, pero mientras terminaba de ajustar su artefacto, el teniente se encontraba en un barco, un crucero, que navegaba por el Océano Pacífico en ruta hacia un atolón llamado Eniwetok, y se rumoreaba que tendrían que presenciar la detonación de la primera bomba de tales características.

El teniente Hickendorf decidió esconderse en la isla que servía de blanco y permanecer allí hasta el momento del estallido de la bomba, para después salir ileso; demostrando de este modo, fuera de cualquier género de duda, que su descubrimiento era operativo: una defensa infalible contra el arma más poderosa de todos los tiempos.

Fue difícil, pero pudo ocultarse con éxito y allí estaba, a unos cuantos metros de la bomba H, después de haberse acercado lo más que pudo al lugar de la explosión.

Sus cálculos fueron absolutamente correctos y no sufrió ni la menor lesión, ni un rasguño, ni una quemadura.
Pero el teniente Hickendorf no previó la posibilidad de que sucediera algo imprevisto, y eso fue lo que ocurrió. Salió disparado de la superficie terrestre, con una velocidad de aceleración mayor que la de escape, en línea recta, ni siquiera en órbita. Cuarenta y nueve días más tarde cayó en el sol, aún sin lesión alguna pero, desdichadamente, muerto hacía ya bastante tiempo, puesto que el campo de fuerza admitía sólo el aire suficiente para respirar unas cuantas horas, y así su descubrimiento se perdió para la humanidad, por lo menos durante el transcurso del siglo XX.

Fredric Brown

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