Archivos para octubre, 2013


Y Dios lo hizo morir durante cien años
y luego lo animó y le dijo:
-¿Cuánto tiempo has estado aquí?
-Un día o parte de un día, respondió.

Alcorán, II, 261.

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La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse de Praga, Jaromir Hladík, autor de la inconclusa tragedia Los enemigos, de una Vindicación de la eternidad y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres; la partida había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de nombrar el olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizá infinito; las piezas y el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el primogénito de una de las familias hostiles; en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada; el soñador corría por las arenas de un desierto lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez. En ese punto, se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles relojes. Un ruido acompasado y unánime, cortado por algunas voces de mando, subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer, las blindadas vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga.

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bidet

En un chat multitudinario con amigos surgió un tema interesante: ¿Cómo usás el bidet? No “para qué”, eso es sabido; sino, ¿CÓMO TE SENTÁS?

La mayoría lo usábamos igual, sentados de espaldas a la pared, manejando las canillas al tacto; pero uno viene con una teoría
irrefutable: “El bidet debe usarse de frente a la pared porque el cosito por el que sale el agua te queda justo en el hoyo, podés ver las canillas, la jabonera y la toalla”. Tiene lógica, pense.
Cuando me toque, voy a probar.

A la mañana siguiente, me tomo mi café… efecto instantáneo.
Abrigadito con mi bata me juego un jueguito en el celu mientras hago lo que tengo que hacer en el inodoro. Termino. Hora del buche. Me acuclillo apenas y pivoteo en un pie dando medio giro, casi como en una coreografía de Ginger Rogers; y estaciono en una maniobra sobre el bidet, de frente a la pared. ¡Genial! Puedo acceder a las canillas, mezclo la caliente con la fría hasta lograr la tibieza justa, manejo la presión con la del medio, llego al jabón, toalla, todo. Impecable.

Este amigo tenía razón, y me introdujo a un mundo un tanto adictivo…, me saco la bata, salto a la ducha y me voy a la oficina, que ya llego tarde por la bideteada.

En la ofi, todo bien. A la hora del almuerzo se me da por innovar, y pido un delivery de comida china: cerdo con hongos y brotes de bambú.

Muy rico, pero el efecto es más instantáneo que el de mi café mañanero.

Voy al baño de empleados apretando los cantos: están todos los boxes ocupados. ¡Me cagooo!. Los jefes se fueron a comer afuera, y la conchuda de su secretaria está almorzando en el comedor… así que me cuelo subrepticiamente en el baño de gerencia.

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50854

Traducido por Locaciencia

Un nuevo estudio ha revelado que los chimpancés se contagian de bostezos de seres humanos, una reacción entre especies diferentes poco usual que genera preguntas sobre el grado de empatía de los chimpancés con sus primos, los seres humanos

Investigadores de la Universidad Sueca de Lund han hallado que los chimpancés bostezan cuando ven seres humanos bostezando, en forma similar a como lo hacen los seres humanos. Los bostezos se hacen contagiosos para los chimpancés alrededor de los cinco años, en forma parecida a los seres humanos, entre los cuales los bebés comienzan a ser afectados por los bostezos de otros aproximadamente a los cuatro años.

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Traducción revisada por Locaciencia

I

Afuera, la noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Vila Laburnum los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero, que tenía ideas personales sobre el juego que suponían cambios radicales, ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que incluso provocaban comentarios de la vieja señora de cabello blanco que tejía plácidamente junto a la chimenea.

– Oigan el viento – dijo el señor White; que, habiendo cometido un error fatal, y antes que fuera muy tarde, trataba que su hijo no lo advirtiera.

– Lo oigo – dijo éste último, examinando sombríamente el tablero mientras estiraba su mano. – Jaque.

– No creo que venga esta noche – dijo su padre con la mano lista sobre el tablero.

-Mate – contestó el hijo.

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Estaba húmedo, lleno de barro; tenía hambre y tenía frío y se hallaba a cincuenta mil años de luz de su casa.
Un raro sol azul daba el doble de luz y ejercía el doble de la gravedad a la que él estaba acostumbrado, haciendo difícil cada movimiento.

Pero a pesar de las decenas de miles de años que habían pasado, la guerra no había cambiado. Los pilotos del espacio podían ser los reyes en sus astronaves estilizadas dotadas de armas sofisticadas. Pero en el momento de la verdad, era, sin embargo, el soldado de a pie, la infantería, la que tenía que hacerse dueña del terreno, palmo a palmo y costase la sangre que costase. Como en este maldito planeta de una estrella de la que no había oído hablar hasta que puso el pie en él. Y, ahora, era terreno sagrado porque los alienígenas también estaban allí. Los alienígenas, la otra única raza inteligente en la Galaxia…, raza cruel de monstruos abominables y repulsivos.
Se había contactado con ellos cerca del centro de la Galaxia, después de la colonización lenta y dificultosa de unos doce mil planetas; fue guerra a primera vista; habían disparado sin siquiera intentar negociar o hacer la paz.
Ahora se luchaba planeta por planeta, en una guerra amarga.

Se sentía húmedo, lleno de polvo, frío y hambriento, el día era crudo con un viento fuerte que dolía en los ojos. Pero los alienígenas estaban tratando de infiltrarse y cada puesto avanzado era vital.
Estaba alerta, con el fusil preparado. A cincuenta mil años de luz de su casa, luchando en un mundo extraño y dudando de si viviría para volver a ver el suyo.
Y entonces vio a uno de aquellos alienígenas que se arrastraba hacia él. Levantó el fusil y disparó. El extranjero profirió ese grito extraño que ellos dan y después quedó tendido en el suelo, sin moverse.
Le hizo temblar el espectáculo de aquel ser tumbado a sus pies. Uno debería poder acostumbrarse a ellos después de un tiempo, pero él no lo había logrado nunca. ¡Eran unas criaturas tan repulsivas, con solamente dos brazos y dos piernas, y una piel horriblemente blanca y sin escamas!

Fredric Brown

 

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En este capítulo:

  • Hierro en los cereales para el desayuno
  • Globos aerostáticos
  • Experimento reciclado con agua congelada
  • Relojes de péndulo – Huygens

 

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