La pata de mono

Publicado: octubre 12, 2013 en Cuentos, Cuentos de ciencia ficción y fantasía
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Traducción revisada por Locaciencia

I

Afuera, la noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Vila Laburnum los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero, que tenía ideas personales sobre el juego que suponían cambios radicales, ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que incluso provocaban comentarios de la vieja señora de cabello blanco que tejía plácidamente junto a la chimenea.

– Oigan el viento – dijo el señor White; que, habiendo cometido un error fatal, y antes que fuera muy tarde, trataba que su hijo no lo advirtiera.

– Lo oigo – dijo éste último, examinando sombríamente el tablero mientras estiraba su mano. – Jaque.

– No creo que venga esta noche – dijo su padre con la mano lista sobre el tablero.

-Mate – contestó el hijo.

– Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia; – de todos los lugares alejados, bestiales, barrosos para vivir, éste es el peor. El sendero es un pantano, el camino es un torrente. No se en qué piensa la gente. Supongo que como hay sólo dos casas alquiladas en esta calle, piensan que no tiene importancia.

– No te aflijas, querido – dijo suavemente su mujer; – quizás ganes el próximo.

El señor White alzó la vista rápidamente, justo a tiempo para interceptar una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló una sonrisa de culpa en su barba fina y gris.

– Ahí viene – dijo Herbert White al oír como se abría el portón con un golpe demasiado fuerte y unos pesados pasos que se acercaban a la puerta.

El padre se levantó con apresurada hospitalidad y mientras abría la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido. El recién llegado también se condolecía a sí mismo, por lo que la señora White exclamó: – ¡Tut, tut! y tosió con gentileza mientras su esposo entraba en la sala, seguido por un hombre alto y fornido, con los ojos pequeños y vivaces salientes y la cara rubicunda.

– El sargento mayor Morris – dijo el señor White, presentándolo.

El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron junto al fuego y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.

Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La pequeña familia observaba con sumo interés a ese forastero de lugares remotos, mientras acomodaba su amplia espalda en la silla y hablaba de lugares extraños y actos valerosos, de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.

– Hace veintiún años – dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo. – Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.

– No parece haberle sentado tan mal – dijo la señora White con cortesía.

– A mí me gustaría ir a la India – dijo el señor White. – Sólo para dar un vistazo.

– Mejor quédese donde está – replicó el sargento mayor sacudiendo su cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.

– Me gustaría ver los esos viejos templos, y faquires y malabaristas – dijo el señor White. – ¿Qué fue lo que usted comenzó a contarme el otro día, sobre una pata de mono o algo por el estilo, Morris?

– Nada – , contestó el soldado apresuradamente. – Nada que valga la pena oír.

– ¿Una pata de mono? – preguntó la señora White con curiosidad.

– Bueno, es un poco de lo que Uds. tal vez llamarían magia – dijo con desgana el sargento mayor.

Sus tres interlocutores se inclinaron hacia adelante con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios y volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.

– A primera vista – ,dijo el sargento mientras rebuscaba en su bolsillo. – es una patita momificada que no tiene nada de particular.

Sacó algo de su bolsillo y la señora retrocedió, con una mueca. Pero el hijo tomó la pata de mono y la examinó con curiosidad.

– ¿Y qué tiene de extraordinario? – preguntó el señor White quitándosela a su hijo, y habiendo completado el escrutinio, la puso sobre la mesa.

– Un viejo faquir le dio poderes mágicos – dijo el sargento mayor. – Un hombre muy santo. Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio un poder tal que tres hombres pueden pedirle tres deseos cada uno.

Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas de alguna manera desentonaban.

– Y usted, ¿por qué no ha pedido los tres, señor? – preguntó Herbert White con sagacidad.

El sargento lo miró con la tolerancia con que los adultos suelen mirar a los jóvenes presuntuosos. – Las he pedido – dijo, y su rostro curtido palideció.

– ¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White.

– Se cumplieron – dijo el sargento, mientras el vaso golpeaba sus fuertes dientes.

– ¿Y nadie más pidió? – insistió la señora.

–  El primer hombre también pidió tres deseos, sí. No sé cuáles fueron los dos primeros; pero el tercero fue la  muerte. Así fue como entré en posesión de la pata de mono.

Habló con tanta gravedad que el grupo se llamó al silencio.

– Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán – dijo, finalmente, el señor White. – ¿Para qué lo guarda?

El sargento sacudió la cabeza. – Porque es algo fantástico, supongo – dijo lentamente.

– Y si a usted le concedieran tres deseos más – dijo el señor White, mientras lo observaba profundamente, – ¿los pediría?

– No sé – contestó el otro. – No sé.

Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la de repente la tiró al fuego. White, con un grito leve, se agachó y la recogió.

– Mejor deje que se queme – dijo con solemnidad el sargento.

– Si usted no la quiere, Morris, démela.

-No lo haré – respondió terminantemente. – La tiré al fuego; si la guarda, no me culpe por lo que pueda suceder. Sea razonable, arrójela al fuego.

El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó: – ¿Cómo se hace?

– Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.

– Parece de Las mil y una noches – dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa. – ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?

El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.

– Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable.

El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono, agregó sillas e invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos sobre las aventuras del sargento en la India.

– Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros – dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren, – no conseguiremos gran cosa.

– ¿Le diste algo por la pata? – preguntó la señora mirando atentamente a su marido.

– Una bagatela – contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.

– Sin duda – dijo Herbert, con fingido horror, – seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, padre, así no estarás dominado por tu mujer.

El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad. – No se me ocurre nada para pedirle, eso es un hecho – dijo con lentitud. – Me parece que tengo todo lo que deseo.

– Si sólo pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? – dijo Herbert, poniéndole la mano sobre el hombro. – Bastará con que pidas doscientas libras.

El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos poco acordes graves.

– Deseo doscientas libras – pronunció el señor White.

Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.

– Se movió – dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer.  – Se retorció en mi mano como una víbora mientras pedía el deseo.

– Pero yo no veo el dinero – observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa.  -Apostaría a que nunca lo veré.

-Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.

Sacudió la cabeza. – No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.

Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando por el sonido del golpe de una puerta en la planta alta. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.

– Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama – dijo Herbert al darles las buenas noches. – Y habrá algo horrible, agazapado encima del ropero, observándote mientras te guardas tus ganancias mal habidas.

Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.

II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, estaba tirada sobre el aparador, con una falta de cuidado que denunciaba una creencia no muy fuerte en sus virtudes.

– Todos los viejos militares son iguales – dijo la señora White. – ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?

– Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza – dijo Herbert con frivolidad.

– Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias – dijo el padre.

-Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa. – No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.

La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido. Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.

– Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas – dijo al sentarse.

– Sin duda – dijo el señor White. – Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.

– Habrá sido en tu imaginación – dijo la señora suavemente.

– Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?

Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin lo abrió con decisión y se aproximó por el sendero. Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.

Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido, una prenda que él generalmente reservaba para trabajos en el jardín. La señora esperó cortésmente, tanto como se lo permitía su condición de mujer, que les dijera el motivo de la visita; el desconocido mantuvo, al principio, un extraño silencio.

– Se me pidió que me pusiera en contacto – dijo mientras extraía un retazo de algodón de sus pantalones. – Vengo de parte de Maw & Meggins.

La señora White tuvo un sobresalto. – ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?, preguntaba sin aliento. – ¿Le ha sucedido algo a Herbert?

Su marido se interpuso. – Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor. Y lo miró patéticamente.

-Lo siento… – comenzó el visitante.

-¿Está herido? – preguntó la madre. El hombre asintió. – Mal herido -dijo pausadamente. – Pero no sufre.

-Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos. – Gracias a Dios. Gracias…

Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.

– Resultó atrapado en las máquinas -dijo en voz baja el visitante.

– Lo atraparon las máquinas – repitió el señor White, aturdido.

Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados, más de cuarenta años atrás.

– Era el único que nos quedaba – le dijo al visitante. – Es duro.

El otro se levantó y se acercó lentamente a la ventana. – La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida – dijo sin darse la vuelta. – Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.

No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida, sus ojos fijos, su respiración, inaudible; el rostro del marido tenía una expresión tal como la que su amigo el sargento habría tenido en su primera acción militar.

– Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro.  – Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.

El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?

– Doscientas libras – fue la respuesta.

Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.

III

En el enorme cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su hijo y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio. Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara esa carga, demasiado pesada para que dos corazones viejos la pudieran soportar.

Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.

Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo. El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.

– Vuelve a acostarte – dijo tiernamente. – Vas a coger frío.

– Mi hijo tiene más frío – dijo la señora White y volvió a llorar.

Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Se volvió a dormir hasta que un despavorido grito de su mujer lo despertó.

– ¡La pata de mono! – gritaba salvajemente.  – ¡La pata de mono!

El señor White se incorporó alarmado. – ¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?

Ella se acercó a los tumbos a través de la habitación: – La quiero. ¿No la has destruido?

– Está en la sala, sobre la repisa – contestó asombrado. – ¿Por qué la quieres?

Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:

– Sólo ahora he pensado -, le diho histéricamente. – ¿Por qué no lo he pensado antes? ¿Por qué no lo pensaste?

– ¿Pensar en qué? – preguntó.

– En los otros dos deseos – respondió en seguida. – Sólo hemos pedido uno.

– ¿No fue suficiente? – demandó él fieramente.

– No – gritó ella triunfalmente. – Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.

El hombre se sentó en la cama, arrojando la ropa de cama, temblando. – Dios mío, estás loca – gritó.

– Búscala pronto y pide – le gimió. – ¡Oh, mi hijo, mi hijo!

El hombre encendió la vela. – Vuelve a acostarte, dijo, inseguro. – No sabes lo que estás diciendo.

– Nuestro primer deseo se cumplió – dijo la mujer, afiebrada. ¿Por qué no el segundo?

– Fue una coincidencia – afirmó el viejo.

– Búscala y desea – gritó con exaltación la mujer.

El marido se volvió y la miró, su voz, temblorosa. – Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo pude reconocer solamente por su ropa. Si ya en aquél momento era demasiado horrible para que lo vieras, ¿cómo estará ahora?

– ¡Tráemelo de vuelta! – gritó la vieja arrastrándolo hacia la puerta. – ¿Crees que temo al niño que he criado?

El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa. El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto. Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.

– ¡Pídelo! – gritó con violencia.

– Es absurdo y perverso – balbuceó.

– Pídelo – repitió la mujer.

El hombre levantó la mano. – Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer, sus ojos ardiendo, se acercó a la ventana y levantó la cortina.

El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes hasta que, con un parpadeo más fuerte que los anteriores, finalmente, se extinguió. Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.

No hablaron; ambos escuchaban en silencio los latidos del reloj. Crujió un escalón, y un ratón chillón se escapó ruidosamente por la pared. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.

Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.

Los fósforos cayeron de su mano. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. El tercer golpe resonó en toda la casa.

¿Qué es eso? – gritó la mujer.

-Una rata – dijo el hombre-. Una rata. Se me cruzó en la escalera.

La mujer se incorporó, escuchando. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.

– ¡Es Herbert! ¡Es Herbert! – La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó y la tomó fuertemente por el brazo.

– ¿Qué vas a hacer? – le dijo ahogadamente.

– ¡Es mi hijo; es Herbert! – lloró la mujer, luchando para que la soltara. – Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.

– Por amor de Dios, no lo dejes entrar – dijo el viejo. temblando.

-¿Tienes miedo de tu propio hijo? – gritó, luchando. – Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.

Hubo otro golpe más, y otro. Con un movimiento inusitado, la mujer se liberó y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:

– La tranca – dijo -. ¡Ven abajo, no puedo alcanzarla!

Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono. Si pudiera encontrarla antes de que esa cosa entrara en la casa. Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó su tercer y último deseo.

Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. La lámpara de la calle brillaba sobre un camino desierto y tranquilo.

W. W. Jacobs

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comentarios
  1. que largo no manchen mejor me voy y leo un libro hash, ¿por qué tan largo? noo se pasen a la otra haganlo más pequeño

    • ISIS dice:

      hola no lo escribió andrea lo escribió I.A.H.H

    • A Andrea:
      Si podés igual tratá de leerlo… mirá que es un clásico del cuento fantástico, de terror. Fue inspiración de muchas obras (hasta de un capítulo de Los Simpsons…) y el autor Gabriel G. Márquez lo menciona como ejemplo de lo que debe ser un cuento.
      Y si no tenés paciencia, te invito a recorrer la lista de cuentos publicados, hay muchos bastante más cortos.

      A Isis:
      ¿Quién será Isis, o I.A.H.H? Qué misterio… 🙂

      ¡Saludos!

  2. Información Bitacoras.com

    Valora en Bitacoras.com: Traducción revisada por Locaciencia I Afuera, la noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Vila Laburnum los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero, que ten..…

  3. Deni Núñez. dice:

    Disculpa,solo quiero saber¿quien la escribio?.

  4. yo dice:

    esta muy largo

  5. lizbethzita dice:

    uuf esta bien largo pero bueno
    valio la pena

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