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La humanidad tiene una historia de fascinación con los “rayos de la muerte”. Nikola Tesla, indudablemente un genio, hacia el final de su carrera propuso varias invenciones estrambóticas. Sus defensores incondicionales apasionadamente afirman que fue un genio adelantado a su tiempo, y que tales invenciones eventualmente serán puestas en funcionamiento. Otros piensan que hacia el final de su carrera, a Nikola le patinaba un tornillo. Sea como sea, y hasta el día de su muerte, Tesla afirmaba haber inventado un rayo de la muerte.

Radar usado por G.B durante la 2da Guerra Mundial

Radar usado por G.B durante la 2da Guerra Mundial

En 1934, el Ministerio del Aire de Gran Bretaña encargó el estudio de la factibilidad de crear rayos de la muerte electromagnéticos. Los científicos británicos llegaron a la conclusión de que tales rayos eran imprácticos pero propusieron, en cambio, el uso de pulsos electromagnéticos para detectar aviones enemigos. Tales estudios fueron la base del radar. No es arriesgado afirmar que la posesión del radar en manos británicas fue una herramienta decisiva para el triunfo contra los alemanes en la Batalla de Inglaterra de 1940.

Hubo una ocasión anterior en la Historia en que se utilizaron “rayos de la muerte” en combate:

El rayo de la muerte de Arquímedes

El rayo de la muerte de Arquímedes

Arquímedes habría colaborado con las tropas locales para incendiar los buques de guerra romanos mediante espejos. El incidente habría ocurrido durante el sitio a Siracusa, en el 212 AC. Tal anécdota figura en numerosos libros de texto, pero es discutida hasta el día de hoy.

La primera razón por la que se discute la veracidad de tal uso del rayo de la muerte es que no figura en fuentes históricas antiguas contemporáneas al supuesto suceso.

Desde el punto de vista científico, en tiempos recientes, la famosa serie Myth Busters ha declarado tal proeza como un mito. Y por otra parte, en dos experiencias separadas, estudiantes del MIT han llegado a la conclusión de que, mediante el uso de suficientes espejos, se podría haber causado daños severos o graves a la flota invasora romana.

De todos modos, sea cierta o no esta anécdota sobre Arquímedes, son innumerables los restantes méritos de este sabio griego, desde su legado del Principio que lleva su nombre, la explicación del funcionamiento de la palanca, el tornillo que también lleva su nombre, y una extensa cantidad de artículos y tratados, los que lamentablemente, en su mayoría se han perdido.

Horno Solar en Francia

Horno Solar en Francia

En nuestros días, lejos ya de las historias o leyendas de la Antigüedad, el uso de espejos para concentrar la energía del Sol es una realidad de todos los días.

Un ejemplo de tales instalaciones es el horno solar en Odeillo, Francia, que utiliza espejos para concentrar la energía solar en un punto focal, en el que se consiguen temperaturas de hasta 3500°C. El calor generado se utiliza para generar electricidad, derretir metales, generar combustible hidrogenado y nanomateriales.

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La curiosidad, el aliciente de aprender temas nuevos para los blogs científicos que estoy escribiendo y de tener donde compartirlos, me ha llevado a participar en diversos grupos sobre ciencias en Facebook, en Twitter, y en otras fuentes. La cantidad de material es increíble, muchísimo de entre ese material es de muy buen nivel y no deja de asombrarme la constancia de divulgadores que hace ya años mantienen sus blogs, escribiendo solamente por el afán de divulgar y recibiendo como único pago, una cantidad creciente de visitas (no siempre).

Esos mismos grupos, como todo en la vida, tienen un lado menos simpático. Atraen como la miel a las moscas de la pseudociencia. No pasa un día en que no aterrice algún fervoroso defensor de las pseudociencias. Y si no se le da la razón, de allí a la agresión y a la conspiranoia hay un sólo paso. Si uno gusta de la ciencia, pero opone argumentos racionales contra la “obligación de creer” en la homeopatía, los hombrecitos verdes, la telepatía… y todo el resto del circo pseudocientífico, uno es un fanático.

No contentos con eso, muchos pseudocientíficos se animan más allá. Se creen los elegidos para decidir si la teoría de la relatividad es válida o no, o afirman que pueden demostrar el último teorema de Fermat en dos carillas. No importa que generaciones de matemáticos, de físicos, y otros científicos, la mayoría de ellos más inteligentes que el promedio de nuestra humanidad, se hayan enfrentado durante todas sus vidas con esos problemas, muchas veces sin éxito. El pseudo científico suele ser petulante y tiene una visión de sí mismo bastante inflada, lo mismo que la visión que tiene de las pseudociencias que defiende.

Ud. desea demostrar que la teoría de la relatividad es falsa? Está en todo su derecho. Conoce cálculo matricial, la forma diferencial de las ecuaciones de Maxwell, y un largo etcétera? La gloria está reservada para Ud! Aquí podrá encontrar el texto de la ponencia base para la teoría de la relatividad especial, publicada en 1905:

http://www.um.edu.uy/_upload/_descarga/web_descarga_203_SobreElectromecnicade…-Nmero4.pdf

Cuando haya hecho morder el polvo a Einstein, no olvide mencionar que la fuente de su información fue nuestro blog!

Lejos está de mí el intentar convencer a nadie de abandonar las bondades del Feng Shui, la meditación trascendental, o demostrar la invalidez de los videos de Roswell. Quien quiera creer, obviamente creerá, y no importa lo que yo diga.

Lo que yo sí digo, simplemente, y eso lo puedo demostrar, es que ninguna de esas creencias es ciencia. Una creencia, por definición, no es ciencia. Eso no le quita a nadie el derecho a creer. Pero si le quita el derecho a intentar metérmelo a la fuerza por la garganta como si fuera ciencia.


En los primeros capítulos de esta serie, hablamos de algunos errores famosos. Comentábamos que los dichos de dos personas importantes daban a entender, a finales del s.XIX, que ya casi no quedaba nada por descubrir (ver los capítulos “Adiós a la oficina de patentes” y “No hay final para esta aventura“).

En la historia hubo y habrá errores. Una vez, comentando con un compañero de trabajo sobre una obra de Freud, en la que teje una teoría sobre el profeta Moisés, le preguntaba cómo podía ser que una persona indudablemente capaz como Freud hubiera escrito un análisis histórico tan chapucero de la vida de Moisés. Para mí, Freud se enamoró de su teoría sobre Freud y consciente o inconscientemente (ejem, ejem!) se deslindó de las obvias fallas históricas en su teoría. Mi compañero me contestó algo, y aunque de ésto hace ya muchos años, todavía lo recuerdo: “Todos hacemos errores, los grandes hombres, a veces, comenten grandes errores”.

(más…)


El espacio… la última frontera. Con esta frase que abre la legendaria serie televisiva “Viaje a las Estrellas”, se resume uno de los sueños más preciados de la humanidad: conocer, descubrir qué hay más allá de la atmósfera terrestre.

Ya en 1903, el mismo año en que los hermanos Wright se alzaban durante casi un minuto por los aires con su primitivo aeroplano, Konstantin Ziolowski establecía la velocidad necesaria que debería desarrollar una nave para superar la gravedad de la Tierra.

Sin embargo, en sus comienzos, la conquista del espacio no se sustentó en visiones idealistas, sino en la guerra. El primer paso lo dio la Alemania nazi alrededor de 1944 con los cohetes V2.urante casi un minuto por los aires con su primitivo aeroplano, Konstantin Ziolowski establecía la velocidad necesaria que debería desarrollar una nave para superar la gravedad de la Tierra.

Después de la derrota del régimen de Adolfo Hitler, el cerebro detrás de los cohetes alemanes, Wernher von Braun, fue reclutado por los Estados Unidos para desarrollar su programa espacial.

La guerra fría: el gran impulso

La carrera espacial fue uno de los principales ingredientes del choque ideológico entre las dos grandes potencias: Estados Unidos y la Unión Soviética.

En la década del 50 prevalecía la idea de que quien conquistara primero el espacio, también dominaría al mundo.

El primer punto lo ganaron los soviéticos el 4 de octubre de 1957, con la puesta en órbita del primer satélite artificial, el Sputnik I.

También fue ruso el primer cosmonauta que pudo ver a la Tierra desde el espacio. El viaje de Yuri Gagarin fue todo un éxito. Corría el año 1961.

Entretanto, los Estados Unidos seguían atrás. En el mismo año de 1961, el presidente John F. Kennedy anunciaba un plan que, indirectamente, consolidaba la carrera espacial como una pulseada entre dogmas políticos. Era el nacimiento del programa Apollo.

El 20 de julio de 1969, poco más de una década después de que el Sputnik I emitiera su señal intermitente a todo el planeta en nombre del comunismo, la misión Apollo XI descendía en la Luna. Para los que fuimos entonces niños, es un recuerdo nebuloso de hombres de blanco caminando en cámara lenta sobre la Luna. Jamás hubiéramos imaginado, que casi 50 años después, estaríamos tan lejos de pisar la Luna nuevamente.

Como lo señaló el astronauta Neil Armstrong, al poner su pie en suelo lunar, se trataba de “un pequeño paso para el hombre y un gran salto para la humanidad”, que también representó uno de los logros más importantes de la aventura estadounidense en el espacio.

Beneficios para todos

La carrera espacial requirió de grandes avances en todas las áreas de la ciencia y la tecnología, muchos de los cuales habrían sido impensables de no haber existido ese campo de batalla virtual entre Washington y Moscú.

Asimismo, varios de esos logros, hoy se aplican extensamente, por ejemplo, en la medicina, las telecomunicaciones y la informática.

Tras la caída del Muro de Berlín, y la caída de la Unión Soviética, la carrera espacial quedó atrás, para transformarse en una empresa conjunta, en la que también participan otros actores de la comunidad internacional.

También ha renacido el espíritu original de mirar hacia el cielo: conocer más acerca del espacio que nos rodea para aprender más de nosotros mismos… a pesar de que la falta de rivalidades haya quitado el impulso político y, sobre todo, los grandes presupuestos que requieren las misiones espaciales.

Hoy por hoy dan sus primeros pasos las empresas privadas en naves que parecen de juguete, pero que prometen hacer realidad el turismo espacial en cuestión de pocos años. Obviamente, en un principio, tal turismo, a un costo de cientos de miles de dólares el pasaje, estará al alcance de unos pocos.

Será “la conquista del espacio” una empresa en manos privadas?

Basado en un artículo de la BBC en español


Ya en la antigüedad clásica se encontraron los únicos cinco sólidos perfectos que existen (Son sólidos perfectos aquellos que tienen todas sus caras son iguales, y las caras son polígonos regulares).
Esos sólidos son el tetraedro (pirámide de base triangular), el cubo, el octaedro, con ocho caras triangulares, el dodecaedro (12 caras pentagonales) y el icosaedro (veinte caras triangulares).

Los griegos sostenían que todas las clases de materia estaban formadas por cuatro elementos, tierra, agua, aire y fuego.
Según Platón, la tierra (estable) está relacionada con el cubo, el fuego es penetrante como el tetraedro, el aire es fluido como es la apariencia del octaedro, y el agua, multifacética, está representada por el icosaedro.
En este feliz casamiento de parejas que imaginó Platón, quedó un cuerpo sin compañera, el dodecaedro, a quién le asignó el papel más importante de todos: Representa al universo.

Así, en esta pintura de la última cena de Dalí, el fondo es el dodecaedro, o sea, el universo según Platón:

Aristóteles no sintió simpatía por el papel que se le asignó al dodecaedro. Él imaginó un nuevo elemento, el éter, la quintaesencia. El éter fue durante siglos imaginado como el elemento que inunda a todo el universo, a través del cual se propagan las ondas luminosas y en el que flotan todos los cuerpos celestes.

Recién en 1887, en un experimento hoy famoso, realizado por Michelson y Morley, se demostró que el éter no existe. Así se fue desarrollando la teoría científica como la conocemos hoy, en la que la luz, como el resto de las ondas electromagnéticas, se puede propagar en el vacío que reina entre los cuerpos celestes.

Los más viejitos entre nosotros recordamos aún que a las ondas de radio se las solía llamar todavía ondas etéricas, pero en general, el concepto de éter abandonó el campo de la ciencia y mantuvo su importancia solamente en el misticismo.

Pero el cuentito no termina ahí.
En el s. XX, luego de observar la aparente expansión del Universo en todas direcciones, se ideó la teoría del Big Bang, que sostiene que el Universo comenzó tal expansión a través de una explosión de tamaño inconcebible que ocurrió hace unos 13.7 mil millones de años.

En los últimos tiempos se descubrió un hecho sorprendente, y es que la expansión del Universo, en vez de mantenerse constante o volverse cada vez más lenta, está en aceleración.

Una fuerza de naturaleza todavía desconocida, está acelerando la expansión del Universo. Muchas teorías tratan de explicar la causa de este fenómeno, y esa fuerza oculta ha sido bautizada por algunos como la quintaesencia. La mística volvió a ingresar al terreno de la ciencia.

En la película de ciencia ficción, el Quinto Elemento, se insinúa que tal quintaesencia que impulsa al Universo, es la fuerza de la vida misma.


O por lo menos, así me educaron a mí.

Pero parece que el mundo de la ciencia no se guía por reglas de caballerismo. Una de nuestras maneras de comprender el Universo es cuantificar. Medir tiempos, medir distancias. Y después nos encontramos con números que son, para la mayoría, completamente inasibles, y nos vemos obligados a inventarles ejemplos paralelos para intentar, de alguna manera, comprenderlos. Así es que el Sol se convierte en una esfera del tamaño de una pelota de basket, y la Tierra una ínfima bolita a una distancia de unos 30 metros. O imaginamos que la edad de la Tierra es equivalente a un sólo día, y entonces, resulta que el ser humano aparece en el mundo sólo durante el último segundo de ese día prodigioso. El día (imaginario) completo tiene una duración de unos 4.500 millones de años.

Pero, de dónde salen esos números prodigiosos, de miles de millones de años?

En esta nota comentaremos sobre el uso de uno de entre los muchos métodos que existen para intentar hacer lo que no se debe, revelar la edad verdadera de la dama que nos cobija, la Tierra. O de otra dama cuya edad también nos ocupa y preocupa, la Naturaleza viva.

Hablaremos del carbono 14.

Todos los compuestos de la naturaleza estan formados por átomos. El documento único de identidad del átomo es la cantidad de protones en su núcleo. Un átomo de hidrógeno tiene un solo protón.

En principio, un átomo posee el mismo número de electrones que de protones. Los protones tienen carga eléctrica positiva, y los electrones, negativa. Cuando su número es igual, la carga neta del atomo es nula.

Cuando el número de electrones no es igual al de protones, el átomo esta “ionizado”. Dentro de los compuestos químicos (moléculas), los enlaces entre átomos, en algunos casos, se producen cuando un átomo posee exceso de carga, y su “compañero” adolece de falta de carga eléctrica. En otros casos, los átomos en una molécula “comparten” electrones. En definitiva, la fuerza que mantiene unidos a todos los compuestos químicos del mundo en que vivimos es de naturaleza eléctrica.

El tercer habitante más conocido del átomo es el neutrón. El hidrógeno es el único átomo de la naturaleza cuyo núcleo no posee neutrones. El helio, el segundo elemento natural, tiene dos protones en el núcleo, y generalmente, dos neutrones. Hay tambien una “variedad” de helio que tiene dos protones y un neutrón. A este ultimo se lo denomina Helio-3 y al primero, de modo no muy sorpresivo, Helio-4.

Todas las “variedades” de un mismo elemento con distintas cantidades de neutrones se denominan isótopos. El helio tiene dos isótopos estables conocidos, el 3 y el 4.

Hay también isótopos inestables. Son los famosos y temidos átomos radioactivos, que pasado un cierto tiempo, “decaen”. El decaimiento de un isótopo se traduce en que el núcleo se divide y libera de su seno, partículas y energía. En las centrales y las bombas nucleares, se aprovecha el decaimiento de elementos radioactivos.

Los elementos radioactivos muy activos decaen muy rápidamente. A otros, les lleva miles de años decaer, o más. Existe una variable estadística que se denomina “tiempo medio” de vida de un isótopo inestable. Tomamos una cantidad determinada de un isótopo, y medimos cuando esa cantidad ha decaído a la mitad.

Al uranio 235 le lleva millones de años decaer, pero cuando se lo bombardea en forma artificial con neutrones, se produce un efecto en cadena y se libera la energía de una central o una bomba atómica de fisión (fisión es el nombre dado a la división de un núcleo atómico que comentamos antes).

El carbono es el elemento básico de todos los compuestos de los organismos vivos. Viene en tres “versiones”, 12, 13 y 14. El carbono 14 es inestable, y su vida media es de aproximadamente 5730 años.

El carbono 14 se produce por el bombardeo continuo de rayos cósmicos que llegan a la tierra. Durante su vida, todo ser vivo come y respira tanto carbono 12 como carbono 14.

Pero cuando muere, la cantidad de carbono 14 ya no se renueva y comienza a reducirse. Mediante el cómputo de la cantidad de carbono 14 en un organismo se puede datar su fecha de muerte con una cierta precisión. Este método no sirve para organismos cuya muerte ha ocurrido hace más de 60.000 años.

Willard Libby desarrolló este método en 1950 y recibió por ello el Nobel de Química en 1960.

Hay otros métodos de datación que usan isótopos inestables, como el potasio 40, que tiene una vida media de 13 mil millones de años. Por su larga vida media, el potasio 40 se utiliza para estimaciones de edad de estratos geológicos.

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En 1981, IBM anunció su primera computadora personal, la IBM PC.
El procesador de la IBM PC era el Intel 8088, que tenia 29.000 ransistores.

Unos años después (1986) aparecería la IBM PC AT, basada en el procesador 80286, que tenía 134.000 transistores.

En 1993 salió al mercado el primer Pentium (Intel rompió la “tradición” de llamar a sus modelos segun la progresión 80286, 80386, 80486… Lo que deberia haber sido el 80586 fue bautizado simplemente Pentium).

El primer procesador Pentium tenia unos 3 millones de transistores, y el Pentium 4, introducido en el año 2000 ya tenía unos 42 millones de transistores.

Ya en 1965 se publicó la famosa ley de Moore (por lo menos, es famosa entre los que trabajan en el campo de los circuitos integrados, o ‘chips’). Esta ley predice que la cantidad de transistores en un circuito integrado se duplica cada 24 meses. Posteriormente fue actualizada, prediciendo tal duplicacion cada 18 meses.
Hay quiénes dicen que esta ley incluso ha fijado los objetivos de desarrollo de los grandes fabricantes de chips. Su cumplimiento se debería entonces, a que es una más en la categoría de las profecías que se realizan por sí mismas.

El tamaño de los chips no ha cambiado mucho a lo largo de los tiempos.
O sea que el aumento extraordinario en la cantidad de transistores por chip se ha logrado, principalmente, mediante la reduccion del tamaño de cada transistor.
Ya varias veces en el pasado hay quien se atrevió a pronosticar que, en corto plazo, no se podrían fabricar chips de mayor integracion (o sea, que incluyan un número más grande de transistores).
En todos los casos, sus predicciones fueron puestas en ridículo, y más y más transistores se siguieron “empaquetando” en un chip.

El resultado es que ya casi nadie se anima a anunciar un límite último a la cantidad de transistores en un chip. Con la tecnología de hoy, tal límite está marcado por los procesos de fabricación de chips, y en definitiva por el tamaño intrínseco de las moleculas.
Pero quién dice que no veremos emerger nuevas tecnologías exóticas, basadas en propiedades de almacenamiento de información a nivel del átomo, o incluso de partículas subatómicas?

En este caso, no es el cielo el límite, sino lo ultramicroscópico.

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