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… Y así estaban las cosas en el mundo en el s.XIX, las oficinas de patentes casi por cerrar y todo lo que debíamos saber… casi sabido. El universo, un relojito en que todo efecto tiene una causa. Un universo determinista. Así parecía, por lo menos.

Y cuando ya podía ser el final feliz de la búsqueda del conocimiento, vinieron unos cuántos de esos que tienen demasiado tiempo libre y empezaron a preguntar preguntas que lo revolvieron todo.

Uno de esos individuos se llamaba Einstein. A los veinte años consiguió trabajo, en dónde? En una oficina de patentes! Quizá todo el esfuerzo de Einstein haya tenido como único objetivo el evitar el cierre de las oficinas de patentes y la consiguiente pérdida de su puesto de  trabajo… Si ése era su objetivo, no hay duda que lo cumplió.

Sea por la causa que fuera, Einstein se puso a cavilar sobre ciertos problemas relacionados con la teoría electromagnética, una teoría que es larga e incomprensible para la mayoría empezando desde su propio y largo nombre. Basándose en observaciones de otros físicos, entre ellos un tal Lorentz, Einstein llegó a una conclusión increíble. El tiempo no es constante, el tiempo percibido depende, entre otras cosas, de la velocidad a la que nos movemos!

Se imaginan lo que semejante afirmación hizo al prolijo Relojito del s.XIX?
Era el primer clavo en el cajón del determinismo. Bueno, no estoy seguro que haya sido el primero. Pero fue un clavo más, eso es seguro. Y no era el único, hubo muchos clavos más. El determinismo está, según la opinión de la mayoría, bien muerto.

Lo increíble es que aún el gran Einstein no pudo resignarse a la muerte del determinismo. Aunque fue su propio trabajo (que le valió el premio Nobel) una de las primeras pistas sobre el comportamiento cuántico de la materia, Einstein se negaba a aceptar tal teoría.

Es famosa la frase que Einstein utilizó para vapulear a la teoría cuántica: “Dios no juega a los dados”. Parece que no conocía lo suficiente los hábitos de Dios. Para los físicos de hoy en día es indudable que Dios juega a los dados y a unos cuantos juegos más. Pero eso ya es tema para otro capítulo.

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Los conocimientos clásicos grecorromanos se perdieron para Occidente en el gran retroceso que fue la Caída del Imperio Romano.

Pero llegó el Renacimiento, y cuatro siglos después, en el siglo XIX, se puede decir sin temor casi a equivocarse, que la humanidad llegó a cumbres del conocimiento que los griegos y los romanos no habrían ni siquiera soñado.

El Universo descrito por la ciencia del siglo XIX es un hermoso mecanismo de Relojería. Los planetas orbitan al sol siguiendo órbitas elípticas. Si le doy un empujón a un carrito puedo calcular con mucha exactitud cuál será su velocidad. Los compuestos químicos son el resultado de mezclar elementos conocidos en proporciones exactas. La matemática es una herramienta incorruptible, una herramienta abstracta pero confiable en sus aplicaciones prácticas.

Dice la leyenda que el director de patentes Charles Duell dijo, durante el s.XIX, que había que cerrar tal oficina porque “ya no quedaba nada más por inventar”. La cita es apócrifa, pero hay una cita que es cierta, de 1843, en la que el Comisionado para Patentes, Henry Ellsworth, dijo algo así como que podría estar llegando el momento en que el desarrollo humano llegara a su fin.

No se conocían aún algunas de las piezas del Reloj universal, había agujeros en la tabla de los elementos químicos, no todos los problemas matemáticos estaban resueltos. Pero era, eso parecía, cuestión de tiempo hasta que se encontraran todas las piezas, todos los elementos, todas las soluciones a los problemas matemáticos.

Pero, y siempre hay un pero, la Realidad tenía en la galera una multitud de conejos esperando a magos que los expusieran al público. Un siglo después, la mayoría de la humanidad conoce los nombres de sus trucos, pero muy pocos entienden realmente cómo se realizan.

Algunos de los nombres de esos magos son ampliamente conocidos. Otros, un poco menos quizá. Einstein, Schrodinger, Dirac, Bohr, Godel, Freud, Picasso… son unos pocos nombres de los muchos magos que iban a destrozar el prolijito modelo del Reloj universal, anunciando una revolución del conocimiento y de las artes más increíble aún que el Renacimiento y la Revolución industrial.

Y las oficinas de patentes, como bien sabemos, gozan de buena salud y permanecen abiertas.

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